¿Tiene un futuro
la lectura de Husserl hoy?
Rosemary R.P. de
Lerner
¿Por qué leer a Edmund Husserl, el iniciador del
movimiento fenomenológico, precisamente hoy? ¿Tiene un futuro el desarrollo
de la fenomenología husserliana? Ante el notorio curso de la tradición fenomenológica
en el siglo XX, que se aleja en múltiples direcciones de la fenomenología
trascendental de Husserl, queda en muchos la impresión que el retorno
a Husserl tiene sólo un sentido arqueológico o, en el mejor
de los casos, histórico-crítico, para fines que se hallan más allá de la
obra del maestro. En este texto me arriesgo a proponer algunos motivos para
leer a Husserl hoy, con el objeto de tomar
conciencia de cómo la obra de este filósofo aparentemente anacrónico o
quizás provocadoramente renovador pone en nuestras manos, a través
de un método inédito, posibilidades inesperadas en muchos frentes concebibles
de la interrogación filosófica. En un inicio, lo más difícil es vencer las
prevenciones de nuestra época contra un proyecto filosófico de aparente
corte clásico que, a diferencia de otros extraordinarios filósofos,
poetas o escritores cuyas obras sí invitan a inspiradas travesías intelectuales
y literarias, no parece ni a primera vista, ni luego de lidiar algún tiempo
con sus textos, particularmente amable o atractivo.
Por ello, lo primero que se me ocurre es una miríada
de razones que, al parecer, dificultan la lectura de Husserl hoy. La obra
de Husserl no es particularmente amable a la lectura; pero durante décadas,
desde antes de su fallecimiento en 1938, los principales textos que la interpretaban
o introducían, sea globalmente, sea desde ciertos aspectos de la misma,
eran aún menos amables con ella. Desde aproximaciones parciales, se solía
tejer frecuentemente lecturas de conjunto llenando arbitrariamente
los aparentes vacíos con elementos extraños a ella, extraídos muchas veces
de la tradición, cuando no de la imaginación.
Estas críticas mucho más intensas en las décadas
de 1960 y 1970 que ignoran el
corpus inédito de la obra de
Husserl, aunque todas se apoyan en cierto privilegio del lenguaje, provienen
de tradiciones muy disímiles entre sí, como la filosofía analítica, la teoría
crítica social y el deconstruccionismo. Aunque apropiándose diversa pero
calificadamente de determinados elementos de la fenomenología husserliana,
a la vez que desembarazándose de su teoría y su método, coinciden en interpretarla
crítica e integralmente como una filosofía de la representación
que rescata la tradición racionalista e intelectualista del cartesianismo
y del neokantismo. Atribuyen el interés husserliano de fundar la filosofía
fenomenológica como ciencia rigurosa universal, de fundamentos últimos,
a un rezago de su cientismo enraizado, fruto de su formación matemática.
Opinan igualmente que esta formación determina sus extrañas concepciones
acerca de la intuición intelectual y del carácter eidético o esencial que
deben exhibir las investigaciones, fundamentalmente descriptivas, de la
filosofía. Se ha supuesto, así, que hablar de intuición eidética,
de esencias o
eide consiste en explicar todo desde una
suerte de universalidad e idealidad congeladas
more geometrico,
ergo desde una exigencia de exactitud
para el saber, que no se condice con las condiciones de la vida y de la
experiencia humana fáctica, histórica, temporal y perfectible. Asimismo,
se le reprocha el adoptar el punto de vista del sujeto, o aun el de un idealismo
subjetivo especialmente desde que los discursos des-centrados y los
múltiples relatos adquieren cierto lustre y renombre de pasarela pues
todo lo egológico resulta para los críticos sinónimo de solipsista.
A los calificativos atribuidos a su obra, de subjetivismo-relativista,
solipsismo, logocentrismo y hasta eurocentrismo,
se ha sumado frecuentemente el reproche de que el ideal filosófico de Husserl
es, en última instancia, el ideal de un proyecto fundamentalista de corte
moderno, cuya inviabilidad ya ha sido ampliamente demostrada hoy, tanto
por sus discípulos que consideran ellos mismos haberlo superado
como por sus más tradicionales adversarios. Así, habiendo ya caído en la
habitualidad trivial y en desuso el llamado decimonónico a la
muerte de Dios, retumba más bien, durante la segunda mitad del siglo
XX, un nuevo grito de guerra: el llamado perentorio a la muerte del
sujeto.
Pero hay otros elementos formales que podrían desanimar
al lector hispanohablante a habérselas con Husserl. Además de múltiples
artículos dispersos, de los ocho libros que publicó durante su vida, algo
disímiles y en apariencia inconexos meros islotes en un mar o río
de pensamiento incesantemente renovado durante cuarenta años de investigación,
sólo siete fueron traducidos muy temprano al castellano, en versiones que
añadieron, a la dureza del alemán de Husserl, la torpeza de un español precipitado,
acaso plagado de errores en léxico y en comprensión. Y aunque la obra
inédita se viene editando y publicando desde 1950 por los Archivos Husserl
de Lovaina, Bélgica, en colaboración con investigadores de Friburgo y Colonia
en Alemania, sólo en los últimos 10 ó 15 años se observan serios y muy exitosos
proyectos de traducción al castellano de los volúmenes antes inéditos de
la
Husserliana o de fragmentos de ellos, traducciones no solamente
muy bien hechas, sino que ponen por primera vez al alcance del público hispanohablante
elementos antes no suficientemente asequibles en su obra originalmente publicada.
Éstas todavía no han dado lugar en castellano, como ya ocurre en otras partes
del mundo, a obras interpretativas de la trama
global y sistemática del asombroso pensamiento y descubrimientos de Husserl, aunque
sí algunos elementos por donde ésta empieza a asomar.
Cabe por ello mirar al futuro con optimismo. Pero
no nos refiramos enseguida a
por qué leer a Husserl, sino primero
a
cómo leerlo.
Lo primero que hay que tomar en cuenta, entonces, para
leer a Husserl, es que la
obra que publicó durante su vida debe abordarse sobre el trasfondo del material
inédito. Es en éste donde se desenvuelve y desarrolla, de modo vivo y crítico,
el método fenomenológico, la filosofía fenomenológica y el conjunto de sus
temas y problemas en asombrosa sistematicidad. Esta sistematicidad se va
constituyendo, sin embargo, en el devenir de los manuscritos. En estos se
hallan retomas permanentes de lo avanzado, en nuevas estratificaciones donde
nuevos temas aparecen enlazados. Este trabajo en devenir
es el trasfondo de los libros publicados:
no está en contradicción con ellos
sino que
trasunta en ellos si uno los lee atentamente y los interpreta
desde una perspectiva ajena a los prejuicios modernos, que no permiten precisamente
ver lo nuevo que ellos aportan. Por ejemplo, si uno toma
Investigaciones
lógicas de 1900-1901 (
1)
,
Ideas
relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica de
1913 (
2)
, y
Lógica formal y lógica
trascendental (
3)
,
de 1929, uno observa que, a pesar de las profundas brechas temporales que
separan a estas tres distintas introducciones a la fenomenología, todas
plantean el tema de lo que podría llamarse la razón lógica.
En las tres, luego de establecer el estatuto, por así decir, ontológico
de las objetividades ideales de las matemáticas y de la lógica, Husserl
aborda retrospectiva y descriptivamente el tema de aquellas experiencias
originarias en las que dichas objetividades ideales se
constituyen esto
es, se dan, aparecen, o son articuladas temporalmente en su sentido
y validez. Pero los dos primeros textos, desarrollados desde una perspectiva
fenomenológica estática, apuntan a una dimensión anterior, más
explícita en el último texto: una dimensión
genética,
previa
a la experiencia trascendental constitutiva del sujeto, a saber, una dimensión
de profundidad desde la cual las propias experiencias constitutivas del
sujeto (la conciencia misma y su temporalidad) emergen o se constituyen
asociativamente. En otras palabras, la constitución de sentido y validez
en la vida consciente del sujeto no es, de entrada, una capacidad o vivencia
disponible desde siempre, lista para ser usada. Más bien, las mismas experiencias
constitutivas de
sentido y validez son constituidas emergen
asociativamente de la vida pre-egológica, pre-consciente, del sujeto.
La perspectiva complementaria de los textos inéditos, en suma, busca abordar
descriptiva y genéticamente esta dimensión pasiva, pre-egológica y pre-objetivante
de la vida del sujeto, una dimensión en la que la vida fluye inicialmente
de modo indiferenciado. De modo tal, que el único modo de juzgar globalmente
el aporte de Husserl a la historia de la filosofía de occidente, será comprendiendo
cómo se articulan sus investigaciones estáticas sobre la constitución del
sentido y validez (por ejemplo, de las ciencias y la cultura) con las investigaciones
genéticas que echan luz a la dimensión desde la cual tal constitución se
vuelve posible.
En cuanto a
por qué leerlo, se pueden decir
muchas trivialidades al respecto:
v.gr. por la inmensa influencia que ha tenido sobre prácticamente todos los
desarrollos filosóficos del siglo XX, o por la inmensa influencia que ha
tenido el método fenomenológico, a nivel mundial, en todas las lenguas,
aplicado a las más variadas e inverosímiles disciplinas: desde
las matemáticas a la estética, la antropología cultural y la etnología a
la arquitectura, desde la inteligencia artificial al Budismo, desde la ciencia
cognitiva a las disciplinas culturales, desde la danza a la ecología, desde
el cine, el teatro y las comunicaciones a la hermenéutica, desde la geografía
social y del comportamiento a la medicina, desde la tecnología a la psiquiatría
y la psicología, y así en adelante. Basta una mirada a la
Encyclopedia
of Phenomenology (
4)
para tener una idea al
respecto.
Es cierto también que son ciertas disposiciones personales,
innatas o adquiridas, las que lo llevan a uno a sentirse motivado por uno
u otro filósofo. En mi caso, esa inclinación a releer a Husserl desde distintos
ángulos y obras luego de volverse recurrente a lo largo de los años
se convirtió en vocación. He aquí un filósofo al que accedí por vez primera
hace por lo menos treinta y siete años, y todavía no me atrevo a decir que
lo conozco a cabalidad, ni siquiera bien. Pero en lugar de desanimarme,
en mí provoca un entusiasmo y una curiosidad poderosos, e incluso, cuando
lo leo, me estimula por el modo tan
sui generis que en pleno siglo
veinte se conecta con temas planteados por toda la filosofía occidental
desde Platón con el cual se siente particularmente inspirado. También
me motiva porque, al abrir nuevas trochas cual Stanley o Livingston
en la África Negra decimonónica nos invita a entrar a
un terreno muy poco familiar, y una vez en él, a experimentar la verdadera
dimensión
crítica de la filosofía la más auténtica y honesta
crítica:
la que
se vuelca sobre sus propios pasos para desandarlos y reanudarlos. (
5)
Sólo desde esta dimensión es posible entender a este filósofo que hasta
el final se consideró un
efectivo principiante. (
6)
En 1913, por ello, compara su proceder al de un viajero que explora
una parte desconocida del mundo, describiendo cuidadosamente lo que se le
presenta a lo largo de sus caminos no trillados y que no siempre serán los
más cortos. (...) Con semejante espíritu dice Husserl queremos
ser en adelante un fiel expositor de los hechos fenomenológicos, conservando
por lo demás el
habitus de una íntima libertad incluso frente a nuestras
propias descripciones. (
7)
Mirando
retrospectivamente su obra, escribe Husserl en 1931: En todo caso,
quien durante decenios no especula sobre una nueva Atlántida, sino que se
ha metido realmente por las selvas sin caminos de un nuevo continente y
ha hecho los primeros esfuerzos para cultivarlo, no se dejará extraviar
por negativa alguna de los geógrafos que juzgan de las noticias por sus
propios hábitos empíricos y mentales pero que también se ahorran el
esfuerzo de hacer un viaje a las nuevas tierras. (
8)
Pero ¿qué nos ofrece el método fenomenológico, y
a qué tierra prometida alude y nos invita Husserl a visitar?
A riesgo de tocar temas poco populares en la escolástica husserliana,
prefiero abordar el centro de la cuestión. Nos ofrece restaurar la
idea primitiva de la filosofía, que él entiende como una ciencia universal
en el sentido platónico de
episteme, que parte de fundamentos
últimos, o lo que es igual, de una responsabilidad última, como
dice en 1931. Se trata, por cierto, de una idea, esto es, que
sólo es realizable en un camino de tareas infinitas, infinitamente
abierto, en el estilo de verdades relativas, temporales, y a lo largo
de un proceso histórico infinito pero que así es realizable efectivamente.
(
9)
Se trata, pues, fundamentalmente,
de una filosofía de los comienzos, y del radicalismo de
la responsabilidad autónoma, puesto que el fundamento último, en efecto,
no puede ser otro que la vida trascendental que
anida
en todo sujeto, y que no sólo es el presupuesto de toda teoría,
sino que es la
fuente de todo sentido
y de toda validez concebible, de toda ciencia y de toda cultura, de
todo lenguaje y de toda cosmovisión, de toda ética y de toda estética. Se
trata pues, nada menos que una filosofía que a través de una meditación
radical pretende regresar, con radical seriedad, a las fecundas
honduras de la experiencia, en su riqueza, inmensa variedad y muy
compleja estructuración región de auténticos fundamentos últimos detrás
de los cuales no cabe buscar otra causa o razón, u otra instancia responsable.
Pero estas fecundas honduras, como dice Husserl, comportan también
una insondabilidad que predetermina el carácter abierto e infinito de su
indagación. Refiriéndose libremente en la
Crisis a la
psyché de
Heráclito, sostenía Husserl que: los límites del alma nunca los encontrarás,
y ello a pesar de que recorras todos sus caminos: tan profundo es su fundamento.
(
10)
El método de indagación fenomenológico requería para
él de dos presupuestos: primero, que se combatiera el naturalismo imperante
en las ciencias y la cultura decimonónicas, que pretendieron desconocer
una dimensión cognoscitiva con derecho propio el de las objetividades
de tipo ideal,
a priori,
como en las ciencias matemáticas y la lógica. Esto significa ir más lejos
que los neokantianos, quienes reconocen sólo una dimensión de lo ideal,
el
a priori formal o analítico. Ante el caso de la geometría y
otros similares Husserl sostiene la necesidad de reconocer un ámbito
de idealidades materiales, o de un
a priori material
y sintético. Correspondientemente, el mundo circundante con
el cual tenemos relación, no sólo consta de hechos empíricos,
individuales, determinados espacio-temporalmente, sino también de objetividades
ideales así como de valores, éticos y estéticos, normas, y entidades
culturales cuyo
status trasciende la mera naturaleza física
o psíquica. En segundo lugar, pide que se reconozca que todo este mundo
circundante, con su infinita variedad, es precisamente el correlato
intencional de múltiples y variadas experiencias humanas actuales
y posibles de donde obtiene sus sentidos y valideces.
Y que se reconozca, entre todas las modalidades de experiencias, desde las
más humildes e intuitivas hasta las más sofisticadas y formales, a la experiencia
intuitiva como principio
de los principios, a aquella que coloca, por así decir,
las objetividades ante los ojos tanto los físicos como
los de la mente. La intuición perceptiva y la intelección constituyen así
para Husserl una fuente de derecho último, aunque reconocidamente limitada,
respecto de toda otra forma de experiencia, incluso de las experiencias
predicativas, argumentativas y simbólicas. Si esto es así, si el mundo circundante
y todo cuanto contiene es correlato de experiencias humanas, atravesadas
por una creencia originaria, básica, universal y tácita, la
Ur-doxa de la tesis general de la actitud natural que el mundo
existe, y está allí para nosotros, independientemente de todo cuanto podamos
poner en cuestión en él, entonces se hace imperioso el indagar dicha
experiencia correlativa, la vida intencional del sujeto. Pero como esta
vida intencional, trascendental, en su plena concreción, no es visible
desde
la actitud natural, que tiende a abordar toda relación incluso
la relación cognitiva, etc. como una relación cósica causal, se hace
imperioso el desconectar, poner entre paréntesis, suspender
metodológicamente
la tesis general de la actitud natural, para examinarla
precisamente en su funcionamiento. La
epojé, acompañada de la reflexión
fenomenológica (la reducción trascendental) descubre la vida trascendental,
intencional, dadora de sentido y validez, del sujeto, que funciona
anónimamente en la actitud natural, como su secreto motor. Una vez allí, Husserl
procede con el primer criterio metodológico: mirando reflexivamente
y fijando intelectivamente las estructuras y el funcionamiento
típicos de esa vida intencional, de ese
a priori universal de la
correlación en el mundo de la vida.
Lo que descubre de allí en adelante es asombroso.
El mismo Gadamer, recordando su paso por las aulas de Husserl entre 1921
y 1923, señala que la intuitividad de la técnica husserliana de descripción
era verdaderamente asombrosa. (
11)
Para resumirlo en unas cuantas palabras, la vida del sujeto, su experiencia,
tiene como estructura básica la
intencionalidad, que, como decíamos,
es inmensamente variada, y compleja, siempre en correlación con la inmensa
variedad de objetos o correlatos de las experiencias actuales y posibles.
Asimismo, la vida del sujeto entera, y cada experiencia en particular, es
temporal. Todas las experiencias, desde las más primitivas, aparecen
sintéticamente articuladas con las demás en la unidad de una conciencia.
El método fenomenológico descubre así, en virtud de la intencionalidad y
la temporalidad de las experiencias, la noción fundamental de
horizonte.
Por eso dice Welton, Husserl se convierte en el primer filósofo trascendental
en confrontar directamente la cuestión de los
contextos. (
12)
Se trata, por otro lado, de experiencias intencionales vividas por sujetos
concretos, individuales, psico-físicos, esto es, encarnados, experiencias
que serían impensables sin sus cuerpos orgánicos, en contacto con el mundo
físico circundante, con otros seres humanos y animales. Es en estas experiencias
en donde se da la relación intencional, constitutiva de sentido y validez.
Debido, entre otras cosas, a esa vinculación con el cuerpo propio, es que
Husserl se percata de que dichas experiencias son siempre experiencias de
un
yo, que
vive a través de ellas. Son
sus experiencias,
tanto las activas, en las que él impera, tomando posición responsablemente
desde un punto de vista teórico y práctico, cuanto las pasivas,
en las que vive como afectado a través de ellas. Son
suyas dichas
experiencias, tanto en el sueño como en la vigilia, en la continuidad de
una vida temporal desde el nacimiento hasta la muerte. Pero, si bien son
suyas, relacionadas con el mundo circundante y, en él, relacionadas
con las experiencias de otros sujetos como él, estas experiencias se descubren
inter-intencionales, mutuamente determinantes, ni externa ni causalmente
relacionadas. La vida del sujeto se descubre, en dichas experiencias, como
una vida inter-subjetiva, compartida, en relaciones mutuas de inter-penetración
intencional y de co-constitución de sentidos y validez. Es así como se constituyen
los lenguajes y se fundan las comunidades y tradiciones históricas. Pues
surge la idea de un mundo circundante intersubjetivo e intersubjetivamente
constituido, de personalidades de orden superior, donde lo intersubjetivo
no se restringe al presente, sino que se extiende a las generaciones históricamente
constituidas, donde el pasado, sedimentado, se reactiva desde presentes
siempre renovados. De ese modo no sólo se comprende la constitución temporal,
histórica, intersubjetiva, de las comunidades culturales e históricas relativas,
sino la constitución de un mundo común, y a un nivel más elevado, la constitución
racional, por parte de comunidades científicas, de mundos
objetivos,
en un sentido más fuerte.
Quizás la lectura de Husserl hoy
debe tener un futuro, porque nos invita
a indagar en las profundidades de la vida del sujeto y a descubrir cómo
sus experiencias intencionales incluso las teóricas más elevadas
son una forma radical de
praxis, de constitución de todo sentido
y de toda validez. En ese sentido, se puede decir, vale la pena leerlo porque
su obra invita a tomar conciencia radical de la vocación ética de la humanidad.
Quizás
se mostrará incluso que la actitud fenomenológica total y la epojé que
le pertenece están llamadas a provocar una completa mutación personal, que
cabría comparar, en principio, con una conversión religiosa, pero que, por
encima de ello, esconde en sí la máxima mutación existencial que se encomienda
a la humanidad en tanto que humanidad. (13)
Notas
(
1) Edmund Husserl,
Investigaciones
lógicas, Madrid: Revista de Occidente, 1967, traducido por José Gaos
y Manuel García Morente.
(
2) Edmund Husserl,
Ideas relativas
a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica, Madrid: Fondo
de Cultura Económica, 1993 (segunda reimpresión en España), traducido por
José Gaos.
(
3) Edmund
Husserl,
Lógica formal y lógica trascendental. Ensayo de una crítica de la razón
lógica, México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1962,
traducido por Luis Villoro.
(
4) Lester Embree
et al. (eds.),
Encyclopedia of Phenomenology, Dordrecht/Boston/London:
Kluwer Academic Publishers, 1997,
Contributions to Phenomenology, Volume
18.
(
5) Éste es el sentido de la crítica
trascendental de la experiencia, y especialmente de la experiencia
fenomenológica que el fenomenólogo está llamado tarde o temprano a emprender. Cfr
. Edmund Husserl,
Meditaciones cartesianas, Madrid: Tecnos, 1986, traducción de Mario
Presas, p. 43. Cfr
. también
la vocación crítica de la fenomenología en
Ideas I, §62, p. 142
(
6) Edmund Husserl,
Ideas I, p. 394.
(
7)
Ibid., p. 235.
(
8)
Ibid., p. 388.
(
9)
Ibid., pp. 373-374.
(
10) Edmund Husserl,
Crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Barcelona: Editorial Crítica, 1991,
traducción de Salvador Más y Jacobo Muñoz, §35, p. 179.
(
11) Hans-Georg Gadamer, Erinnerung, en Hans-Rainer Sepp (editor),
Edmund Husserl und die phänomenologische Bewegung.
Zeugnisse in
Text und Bilder, en colaboración con los Archivos Husserl de la Universidad
de Friburgo en Brisgovia, Freiburg/München: Verlag Karl Alber, 1988, p. 14.
(
12) Donn Welton,
The Other Husserl. The Horizons
of Transcendental Phenomenology, Bloomington, Indiana: Indiana University
Press, 2000
, p. 3.